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Escritores a la baja

Ana Alejandre

Desde un tiempo a esta parte se está oyendo decir a diversos escritores muy conocidos, unos porque al inicio de su carrera literaria obtuvieron importantes premios literarios, -lo cual no deja de ser sorprendente y dice mucho de la concesión de dichos premios-, y otros. con una obra extensa y reconocida, que abandonan su actividad como novelistas por culpa de las bajas ventas de libros que se registran desde hace unos años, por una parte, y la descarga ilegal de libros electrónicos, por otra.

Todo ello pone en peligro su permanencia en el mundo de la literatura, ya que aducen que ellos viven de escribir libros y si no obtienen los ingresos necesarios tienen que abandonar la literatura, según dicen, aunque callan que no se van voluntariamente sino que las editoriales se niegan a publicarlos porque no son productivos económicamento. Por ese motivo, tendrán que abandonar una profesión que les ha dado fama, dinero y premios, a algunos de ellos, aunque estos galardones y la consiguiente popularidad no les permiten seguir disfrutando de forma permanente de las mieles de la fama y del gusto de los electores por sus obras.

Es decir, que una vez pasada la notoriedad que les ha concedido dichos premios durante unos pocos años, los lectores van dejando de comprar sus obras por sentirse atraídos por la novedad que ofrecen otros nuevos escritores que se hacen famosos durante una temporada -no más allá de la publicidad que les da tal o cual premio obtenido o de la impresionante campaña de publicidad que los acompaña-, y vuelven al anonimato y a la bajada en ventas de sus obras, pocos años después, en un relevo continuo que se repite cada vez con mayor frecuencia.

Esto provoca que las editoriales importantes, promotoras de dichos premios que los han aupado a la fama a muchos de ellos, no quieran seguir publicándolos, y se ven rebotados dichos autores a otras editoriales menos importantes que hacen tiradas más cortas de ejemplares, pero las que, a su vez, si las ventas de libros de dichos autores recién incorporados a su sello editorial no responden a un mínimo de ejemplares vendidos para considerar al nuevo fichaje satisfactorio, dejan de ser publicados por dicha editorial segundona.

De nuevo, el autor, vuelve a encontrarse al cabo de la calle con una o varias obras a publicar y sin tener editorial que se haga cargo de ello. Sólo le queda la disyuntiva de buscar a otra editorial de tercera división que haga aún tiradas más cortas -y sin pago previo de derechos de autor que actualmente es una entelequia excepto las grandes figuras de la literatura-,, cuando no a la autoedición, o dejar de escribir para dedicarse a otra profesión más productiva.

Cuando el escritor en cuestión no es vocacional -lo que suele suceder más veces de lo que pueda parecer-, el problema es más sencillo de resolver que cuando el autor escribe porque no puede vivir sin hacerlo, ya que su vocación es genuina, apasionada e irreductible. Ya decía Sartre: "Si puedes vivir sin escribir, no escribas" lo que es toda una declaración de principios sobre la naturaleza del verdadero escritor de la que carece el advenedizo. En el primer caso, abandona fácilmente la literatura a la que ha llegado por casualidad sin que la escritura sea una vocación imperiosa y no se siente especialmente fracasado en algo que hacía por vanidad, búsqueda de notoriedad o simple aprovechamiento de una oportunidad conseguida por puro azar que le ha brindado estar en el sitio oportuno y en el momento justo. Por eso, muchos familiares de famosos o de personas influyentes en el mundo editorial, cultural o empresarial, han empezado a publicar sin talento literario, vocación ni oficio, por el mero hecho de que el pestiño que escribieran tenía asegurada su publicación desde el principio por razones extra literarias.

Todo ello redunda en perjuicio de la literatura, de los lectores, de los libros y del propio panorama editorial que se ve plagado de "novedades" infumables, escritas -las que realmente lo han hecho sus supuestos autores- por quienes no tienen talento, ni vocación ni oficio, pero sí cuentan con la certeza de que sus obras serán publicadas, compradas y leídas por lectores no muy exigentes, que son los que confunden la fama de un apellido con la capacidad y excelencia narrativas, la gran publicidad con la bondad del producto -en este caso, el libro-, y la expectación que genera la novedad con la calidad.

Así, los escritores a la baja, aquellos que no encuentran una editorial que les siga publicando, van abandonando su carrera literaria -algunos con verdadero talento y vocación-, porque lo que decide actualmente quién publica o no, no es el criterio experto del editor, sino la cuenta de resultados, la lista de ventas y, en definitiva, los lectores a la hora de elegir un libro entre la vorágine de novedades. La mayoría buscarán esos libros tan publicitados que desde que salen de imprenta tienen asegurada la venta por la tremenda campaña de publicidad que anuncia su publicación, su apabullante tirada de ejemplares, el nombre del escritor de moda y la pseudo literatura que ofrecen las obras escritas en esa mezcla de géneros tan de moda: gótico, suspense, terror, histórico, esotérico y erótico que hace las delicias de los lectores, es decir, de quienes compran y leen aquello que les cuenten historias emocionantes, delirantes, increíbles y que les hagan pasar un poco de miedo para olvidar así sus problemas personales y la monotonía de sus vidas atrapadas en una realidad que no tiene nada que ver con las historias que ofrecen esos libros que escriben los oportunistas de la literatura a la que no cultivan ni les interesa. Sólo les importa crear historias que sean productivas económicamente. La buena literatura se la dejan a los otros escritores.

A esos otros escritores que, por no venderse a la banalidad imperante, a la mercantilización de la literatura, no aceptan malgastar su propio talento ni renuncian a ser fieles a sí mismos y rechazan escribir obras comerciales e infumables como las que llenan buena parte de las estanterías de "novedades".

Esos escritores son los que están a la baja y van rebotando de editorial en editorial, sin tirar la toalla ni abandonar su vocación ni convertirse en simples mercenarios de la literatura. Lo que les importa no es vender mucho -aunque siempre es bueno tener muchos lectores-, sino no venderse a sí mismos ni a su propio talento en pos de una mayor comercialidad que va siempre unida, indefectiblemente, a una menor calidad pero a mayores ventas.

Larra decía en el primer tercio del siglo XIX que "Escribir en España es llorar". Han pasado casi dos siglos y la situación no mejora. La literatura, la buena, una de las mejores y más ricas manifestaciones artísticas está a la baja, aunque muchos supuestos escritores auspiciados por fuertes intereses editoriales están al alza mientras escriban por encargo editorial obras del género y tema que estén de moda y que prometan buenas ventas, dándoles a los lectores no exigentes, que son la mayoría, la bazofia que se ofrece en palets por tiradas millonarias que no caben en estanteria alguna, y campañas publicitarias costosísimas que confunden la opinión de los lectores que no saben distinguir el grano de la paja, pero alegran a los editores con sus buenos resultados económicos que les estimula a seguir por ese camino, es decir, ofreciendo subproductos literarios de escritores oportunistas que obedecen las exigencias de los editores para seguir contentándolos y poder así seguir publicando y permanecer en el mercado editorial en el que el libro se ha convertido, más que nunca, en un producto comercial sin más aspiraciones literarias que las que pueden tener una camisa o unos zapatos; pero con los que tiene en común que uno y otros pueden ser creados a la carta, a la medida de los posibles compradores que entienden mucho de consumo, en general, y poco o muy poco de literatura. Y eso es algo que prefieren los editores y esos escritores del pesebre porque se les puede dar gato por liebre a los lectores sin que se den cuenta, mientra las cuentas editoriales sean satisfactorias.